EL PESO DE LA IGLESIA CATÓLICA EN MÉXICO.

Junio 22nd, 2008 | by JBGL |

LA MUERTE DE DELFINA ORTEGA, PRIMERA ESPOSA DE PORFIRIO DÍAZ.

La Iglesia Católica imprimió durante 300 años su influencia en la vida y la conciencia de todos los habitantes de la Nueva España, desde la Alta California hasta Yucatán. Su pésima intervención en la vida política del país desde la época Colonial incluso ocasionaron la pérdida de los territorios del norte del México independiente que representaban el 55% de su superficie.

Sin Rey de España como principal autoridad en América al lograr nuestra independencia y la debilidad de los Presidentes de México por su frágil sistema político, la Iglesia influenció todos los ámbitos de la vida del México independiente, asfixiando completamente al Estado Mexicano.
Con el ‘monopolio de la salvación’ en sus manos, Obispos y Sacerdotes manejaron a placer las conciencias del pueblo y Gobierno Mexicanos.

Así, entre centenas de intervenciones lamentables de la Iglesia Católica en la vida de México, están la del apoyo que los invasores Estadounidenses lograron en el Alto Clero durante la invasión que nos despojó del 55% de nuestro territorio (1846-48) o el ‘entusiasta’ apoyo que la Iglesia dio a la invitación a Maximiliano para gobernar a México apoyado en la invasión Francesa de 1862-67.

De entre muchas penosas mentalidades heredadas de la Iglesia está aquella que indica que el pobre es bueno y el rico no lo es, a pesar de haber obtenido su riqueza a través de su trabajo.
En Julio de 2006 esta idea volvió a ser tema de polémica en las elecciones Presidenciales (la Historia actual tiene siempre raíces en nuestro pasado, de ahí la importancia del conocimiento de nuestra Historia).

Solo una generación valiente como la de la Reforma pudo derrotar al monstruo que controlaba no solo la vida económica y política del país, sino en especial la de las conciencias de todos los ciudadanos.
Su obra fue valiente y titánica.

¿ Por qué ? Especialmente por el nivel de religiosidad (rayando en el fanatismo) de prácticamente toda la población.

Era sencillo adivinar el resultado de una lucha entre el incipiente Estado Mexicano y la Iglesia Católica con todos sus adeptos; un temeroso y débil Estado luchando contra la ‘industria de la salvación y ‘representante’ de la Divinidad’ era una empresa en verdad complicadísima.
Un ejemplo claro de cómo la Iglesia Católica controló las mentes de los Mexicanos es la historia alrededor de la muerte de la primera esposa de Porfirio Díaz, Delfina Ortega.

Porfirio y Delfina se habían casado por poder (esto es, Porfirio Díaz no estaba presente en la celebración de la boda civil realizada en la Ciudad de Oaxaca en Abril de 1867 por estar atacando a los Franceses en la Ciudad de Puebla, recuperando la plaza el 2 de Abril de ese año).
Maximiliano caería días después en Querétaro y semanas más tarde sería fusilado en esa ciudad.

Delfina era sobrina de Porfirio, por lo cual la Iglesia le negó a Porfirio contraer matrimonio religioso con ella.
Así, bajo las ‘reglas’ de la Iglesia, Porfirio Díaz vivía ‘en pecado’ con su esposa.
Según el Arzobispo Labastida era ésta “una omisión imperdonable que el día del Juicio Final podría tener consecuencias terribles para ambos, en particular para Delfina, quien al estar ya muy próxima a la muerte, a pesar de contar con tan sólo 32 años de edad, bien podría ser condenada, por ese hecho, a pasar la eternidad en el infierno” (palabras del propio Arzobispo Labastida).

Con la grave enfermedad de Delfina (peritonitis generalizada), el Presidente Porfirio Díaz llamó a un sacerdote para que le aplicase los santos óleos, pues su muerte era inminente, de horas.
Enterado el Arzobispo de la situación, se presentó en Palacio Nacional para entrevistarse personalmente con el Presidente de la República.
Era el 7 de Abril de 1880.
El alto prelado le comunicó a la afligida mujer que no podría absolverla porque no estaba casada con Díaz de acuerdo a las leyes de Dios.

A continuación, una parte de la conversación entre el Arzobispo y Delfina:

“—Pero padre —repuso la mujer balbuceante—, convenza usted, por lo que más quiera, a Porfirio para que se case conmigo. Se lo suplico. Él no puede permitir que me vaya al infierno. He sido su compañera. Le he dado hijos.
Lo he hecho feliz. Le he cumplido todos sus caprichos. Me le he entregado sin condiciones, padre, que se apiade de mí en estos momentos en que me estoy muriendo… ¡ Apiádense de mí !

Vaya usted a donde él, apersónese y dígale que si nunca le pedí nada, ahora sí lo hago: sólo él puede salvarme, él y sólo él, padre… Sé que esta es la última noche de mi vida… Jamás volveré a ver la luz del día… ¡ Que se case conmigo,
que se case ahora, antes de que sea demasiado tarde, padre, padre, por favor, padre…! Sería inútil hacerlo con una muerta… No amaneceré viva, lo sé, lo sé, lo sé… —repitió la mujer sin fuerza siquiera para llorar, mientras negaba con la cabeza recostada sobre la almohada empapada de sudor.”

—¿Cómo voy a casarte con Porfirio, hija mía, si se trata de tu tío?
Porfirio es tu tío y en primer grado, ¡por Dios…! ¿Qué es esto…?

—Padre mío, me voy. Apiádese de mí, por lo que más quiera…

—Pero si es un impedimento insalvable. ¿Cómo voy a casarte con tu tío sanguíneo…? Si por lo menos fuera un pariente político.

—Padre, por favor, por favor…

El arzobispo buscó en el salón contiguo de Palacio Nacional al Presidente de la República para plantearle el problema. Don Porfirio estaba ante su escritorio, sentado en un sillón forrado con terciopelo verde que ostentaba en su ángulo superior izquierdo, bordado con hilo de oro, un águila devorando una serpiente. Al ver entrar al arzobispo sepuso de pie.

-¿ Alguna novedad, padre ? La peritonitis ha envenenado todo el cuerpo de Delfina.

Morirá en cualquier momento.

-Debemos dejarla que parta en paz, Porfirio, y pedir que su espíritu caiga en las manos de Dios y no en las de Lucifer.

-¿ Qué quiere usted decir con que Delfina caiga en las manos del Diablo?

Ella ha sido siempre una católica ejemplar. Nuncaha faltado a la misa ni a ninguna celebración religiosa.

-Ese no es el problema.

-¿ Entonces cuál ? ¿ Por qué podría irse al infierno ?

-Porque morirá en pecado mortal -sentenció Labastida.

-¿ En pecado mortal ella ? -cuestionó Díaz sorprendido-. Pero si es una santa, hasta deberían ustedes beatificarla…

Omitiendo cualquier comentario en torno a esta última afirmación, el arzobispo continuó inconmovible. De sobra conocía su objetivo.

-Está en pecado, Porfirio, primero porque es tu sobrina sanguínea, segundo, porque vivió contigo como tu concubina, tercero porque tuvieron 5 hijos, y cuarto, jamás obtuvieron la bendición de Dios para formar una familia. De modo que cargarás esa losa de por vida. Tuya y sólo tuya será la culpa…

-¿ Casarme con ella ayudará ? -cuestionó Díaz sintiéndose arrinconado.

-Sería definitivo, Porfirio, es la única manera de salvarla -agregó Labastida sintiendo a su presa en un puño.

-Cásenos, padre, cásenos de inmediato. Absuélvala. Concédale la extremaunción. Garantíceme que se irá al cielo -exclamó el presidente con una visible angustia reflejada en sus ojos.

-Sólo Dios puede dar esas garantías, Porfirio. Yo, por mi parte, haré todo lo posible por complacer tus deseos.

Sin pérdida de tiempo, la máxima autoridad política del país, acompañado por el máximo líder religioso de México, se presentaron ante Delfina, quien agonizaba. Los ojos hundidos delataban la gravedad de la infección. Su respiración era acompasada. El sudor empapaba su frente y el color macilento de su tez confirmaba la gravedad de la enfermedad.

El ambiente era de muerte.

-¡ Cásenos padre, cásenos ! -demandó el dictador.

Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos se empezaba a colocar la estola y la Mitra para iniciar el proceso de absolución, ya sin confesión por falta de tiempo, cuando volteó ver a Díaz para dispararle a quemarropa, con el rostro
impertérrito:

-Perdóname, pero no los puedo casar. Es tu sobrina, Porfirio…

-Olvídelo, padre…

-Yo puedo olvidarlo, pero Dios lo sabe todo.

-Usted logrará la indulgencia Padre.
-Esa podría lograrla si ambos nos comprometemos a rezar y a pedir perdón, pero hay otro impedimento mucho, mucho más grave aún.

-¿ Cuál ? Dígamelo por favor -explotó el jefe del Poder Ejecutivo, quien supuestamente ya había accedido a todas las pretensiones del prelado-. ¿ Cuál es el impedimento ?

-Cuando juraste someterte y defender la Constitución de 1857, por ese solo hecho la Iglesia Católica te excomulgó a ti y a quienes hubieran hecho un juramento similar por haber atacado frontalmente el patrimonio y los privilegios divinos. Por lo tanto, Porfirio, estás excomulgado desde ese año y, como tú entenderás, puedo pasar por alto, con la benevolencia del Señor, el impedimento sanguíneo, pero, eso sí, no puedo casar, de ninguna manera, a un excomulgado. ¡Me condenaría yo mismo !

-Pero, padre -insistió Díaz pensando tal vez apalancarse en sus enormes poderes políticos y militares, que estaban siendo ignorados.

-Lo siento, Porfirio, lo siento -se resignó Labastida con el rostro contrito-. Veo con profundo dolor que Delfina se irá irremediablemente al infierno, de donde no podrá salir en toda la eternidad.

-No, padre, no puedo consentirlo, me moriría de la angustia. Soy católico, creo en Dios, creo en el Espíritu Santo, creo en la Divina Trinidad, creo en las vírgenes, en los santos, en los apóstoles y en los beatos… No me haga esto, padre.

-No te lo hago yo, Porfirio: son las leyes inflexibles de Dios Nuestro Señor, que todo lo sabe y todo lo oye. De modo que si quieres impedir que esta santa mujer se vaya al infierno para que Lucifer le saque todos los días los ojos, tienes que abjurar de la Constitución de 1857 y retirar ante mí ese juramento que en nada te beneficiará tampoco a ti, en lo personal, cuando vayas a rendirle, espero que dentro de muchos años, cuentas al Gran Crucificado -el arzobispo se persignó elevando piadosamente la mirada hacia el techo.

-Porfirio, Porfirio, Porfirio -mascullaba la desgraciada mujer…

El rostro de Díaz se congestionó. Estaba desencajado. ¿ Qué diría el ejército que él había encabezado para terminar de aplastar al imperio de Maximiliano ? ¿ Y su trayectoria como distinguido Liberal ? Los ojos inyectados parecían salirse de sus órbitas. Bien sabía que estaba en un callejón sin salida y que, en su carácter de militar, estaba perdiendo una batalla.

-Abjuro, padre. Abjuro. Reniego de mi compromiso con la Constitución. Me desdigo de mi juramento, pero salve usted a Delfina -concedió desesperado, a sabiendas de que arrojaba una vez más su prestigio político por la borda.
Díaz se rendía.

El arzobispo no acusó recibo de su triunfo. Permaneció de pie, inmutable.
Aceptaba la concesión del Presidente de la República, sí, pero no procedía a administrar la extremaunción. De pronto, sin mostrar la menor perturbación, teniendo a Díaz simbólicamente de rodillas, lo abofeteó con estas palabras apartadas de cualquier actitud piadosa. La iglesia católica volvía a ser
insaciable:

-Perdón, Porfirio, pero tu sola palabra no basta… ¡ Perdóname ! Ningún miembro de la alta jerarquía eclesiástica va a atreverse a dudar de mi dicho, conoce de sobra mi sentido del honor, pero debo cubrirme la espalda de cara a la historia y dejar ampliamente satisfechos a mis colegas: debo llevarles tu renuncia al juramento por escrito. ¡Perdóname!

Y Díaz, el mismo que en 1867 colocó a Maximiliano ante el paredón en el Cerro de las Campanas de Querétaro. Él, el gran liberal, ¿ resultaría un farsante ? ¿ Toda su carrera había resultado una vulgar comedia ? ¿ Había jurado defender la Constitución con todas las solemnidades para después renunciar en privado a todo compromiso adquirido con su pueblo ? ¿ Y si se llegaba divulgar su abjuración ? Ahí tenemos a uno de los restauradores de la República, arrodillado ante un cura con tal de impedir que su mujer cayera en los brazos de Lucifer. ¿ Y la dignidad ? ¿Y el sentido del honor ?
Porfirio Díaz volteó a ver al rostro del arzobispo. Éste no proyectaba la menor crispación. El control de cada uno de los músculos de su cara era total. Su mirada no despedía la menor emoción. ¡ Con qué gusto lo hubiera puesto enfrente de un pelotón de fusilamiento ! Odiaba esa vocecita hipócrita con la que le solicitaba lo insospechable Delfina todavía respiraba. No había tiempo que perder. Una pluma y un papel. Redactó sentado en el escritorio presidencial: “El suscrito Porfirio Díaz, declaro que la religión católica, apostólica y romana fue la de mis padres y es la mía en que he de morir. Que cuando he protestado guardar y hacer guardar la Constitución Política de la República, lo he hecho en la creencia de que no contrariaba los dogmas fundamentales de mi religión y que nunca hubo voluntad de herirla…” Díaz declaró asimismo que no poseía ningún bien expropiado a la iglesia y, según le pidió el arzobispo que asentara, sí era cierto que había pertenecido a la masonería pero que se había alejado de ella… ¿ Por qué renunciar a las creencias de toda una vida ?

Terminada la carta, regresó violentamente a la habitación donde agonizaba su mujer para entregársela en mano al arzobispo. Le disparó una mirada de respeto, sumisión y odio. No resultaba sencillo descifrarla. Éste, después de leerla y constatando que la Delfina fallecía, ya no hizo ningún reparo, sólo le ordenó al Presidente de la República que pusiera la fecha y la firmara, a lo cual accedió Porfirio Díaz de inmediato: era antes de la medianoche. La señora Delfina Ortega de Díaz fallecería unas cuantas horas después, a las 5 de la mañana, según reza la inscripción de su tumba en el cementerio del Tepeyac.

-Este secreto de Estado estuvo perfectamente guardado en la Mitra metropolitana, lejos del alcance de los historiadores.

Si esto pudo la Iglesia hacerle al propio Presidente de la República, uno de los más exitosos militares del país, ¿ qué no podría haber hecho por siglos
con el resto de los NovoHispanos y Mexicanos ?

La generación de Juárez y la Reforma tuvieron la osadía de enfrentar el inmenso poder económico y mental de la Iglesia sobre el país, de enfrentar
conciencias y lograr que México superara el lastre que una religión de paz y sobriedad en sus orígenes, le había ocasionado.
Miles de ejemplos como este, abrieron las puertas del subdesarrollo para México.
Finalmente había que “dar a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César”.
México progresaría sin ese lastre y se encontraría finalmente con el último colofón del poder eclesiástico 45 años más tarde durante la Guerra Cristera
de 1928-34.

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